Cambiar
Evolucionar
Era necesario, realmente imperante para mí dejar de quejarme por todo y lanzarme a la aventura de vivir; sentir por primera vez que llevo el timón de mi vida.
En ese momento de mi experiencia laboral, sentía que había llegado al techo impuesto por otros, sobre mis capacidades y competencias. Después de 7 años y medio de arduo trabajo, de demostrar constantemente el compromiso al asumir retos profesionales, postergando por el deber con otros mi salud (una hospitalización con una severa bronquitis lo demuestra), situaciones personales y afectivas (demasiados retrasos y embarques, una vida social y amorosa prácticamente inexistente, clases de salsa casino y natación abandonadas, intentos fallidos por volver a tocar el violín, películas sin ver en el cine); horarios extendidos de trabajo de esfuerzo sostenido que comenzaban muy temprano (7:15 a.m) y terminaban en promedio a las 6 de la tarde, más la monotonía asfixiante del tiempo en espera por el tráfico (sin contar el esfuerzo extra de las noches en el postgrado); no valieron nada al momento de decir adiós las autoridades salientes de la Defensoría del Pueblo, incluyendo Defensor y su tren directivo.
Lejos quedaron las promesas que mi entonces jefa hizo a algunos de los miembros del equipo de Promoción y Divulgación de los Derechos Humanos (y de las cuáles fuí testigo), de llevárselos a dónde los dioses del Olimpo le asignaran, para conformar un nuevo equipo de personas capaces y de compromiso profesional demostrado sobradamente, con cualidades para reinar en nuevos campos de trabajo, con mejores beneficios y remuneración. ¡Trabajen duro, den todo lo que puedan y en el futuro, serán recompensandos!!!!!!!
Desde mi puesto de trabajo, veía situaciones en stop montion o en forwing, y a veces de manera fugaz pensaba a dónde se me estaban escapando los mejores momentos productivos de mi vida; dónde todas las cualidades físicas e intelectuales están en estado óptimo para asumir riegos y nuevos retos.
Muchas veces al salir de casa, contemplaba el color obscuro del cielo porque aún no salía el sol. En el piso en el que trabajé los 3 últimos años de mi vida profesional en la administración pública no había ventanas, por lo que los únicos rayos que me alimentaban la piel eran los emanados de la luz de neón y la pantalla del pc.
Las colas interminables al comienzo y al final de cada jornada (en promedio, 4 horas al día, viviendo en Caracas); las mismas rutinas pesadas, reuniones interminables que no dicen nada y resumen la anterior; se mitigaban al llegar la mejor parte del día laboral en la hora del almuerzo, dónde reunirme con los amigos de trabajo y la caminata fija para tomar café con leche; me daban un respiro antes de entrar de nuevo, a la asfixiante rutina…
En el tiempo sostenido del cansancio, el pensamiento seguía fiel, -tic, tac, tic, tac-; con la precisión de un reloj suizo: Definitivamente, ese no era un techo para mi.
Nuevas autoridades, individualidades de egos profesionales inmensos, en su mayoría personas que trabajaron en un extinto organismo revolucionario dedicado a las cooperativas, sin ningún tipo de experiencia y conocimiento en materia de derechos humanos; asumieron cargos y se apoderaron de espacios de dónde los “veteranos” fuimos desplazados de hecho, subestimados e infravalorados.
La promesa de cambios radicales que empezarían por una nueva misión y visión del ente defensorial, pese a tener una ley orgánica vigente que establece muy bien tales situaciones, fue apenas el inicio de muchos desmanes en contra de una institución nóbel que venia bien encaminada.
Y yo ahí, testigo silente en medio de ese caos institucional, con experiencia en el área y estudios de Especialización en Derechos Humanos; soportando arbitrariedades caprichosas y colocando de lado mi orgullo personal y profesional, todo por un bozal de arepa, compuesto por el quince y el último más cesta tickets.
Es triste, pero ciertamente es una realidad de muchos venezolanos. Algo tenía que hacer para cambiar pero cómo, cuando, dónde????
Mi única opción era esperar en mi fuerte y tener paciencia, no perder la calma y seguir adelante.
Inadvertidamente, aunque llegué a pensar lo contrario en muchos momentos, los cambios estaban llegando.
Era necesario, realmente imperante para mí dejar de quejarme por todo y lanzarme a la aventura de vivir; sentir por primera vez que llevo el timón de mi vida.
En ese momento de mi experiencia laboral, sentía que había llegado al techo impuesto por otros, sobre mis capacidades y competencias. Después de 7 años y medio de arduo trabajo, de demostrar constantemente el compromiso al asumir retos profesionales, postergando por el deber con otros mi salud (una hospitalización con una severa bronquitis lo demuestra), situaciones personales y afectivas (demasiados retrasos y embarques, una vida social y amorosa prácticamente inexistente, clases de salsa casino y natación abandonadas, intentos fallidos por volver a tocar el violín, películas sin ver en el cine); horarios extendidos de trabajo de esfuerzo sostenido que comenzaban muy temprano (7:15 a.m) y terminaban en promedio a las 6 de la tarde, más la monotonía asfixiante del tiempo en espera por el tráfico (sin contar el esfuerzo extra de las noches en el postgrado); no valieron nada al momento de decir adiós las autoridades salientes de la Defensoría del Pueblo, incluyendo Defensor y su tren directivo.
Lejos quedaron las promesas que mi entonces jefa hizo a algunos de los miembros del equipo de Promoción y Divulgación de los Derechos Humanos (y de las cuáles fuí testigo), de llevárselos a dónde los dioses del Olimpo le asignaran, para conformar un nuevo equipo de personas capaces y de compromiso profesional demostrado sobradamente, con cualidades para reinar en nuevos campos de trabajo, con mejores beneficios y remuneración. ¡Trabajen duro, den todo lo que puedan y en el futuro, serán recompensandos!!!!!!!
Desde mi puesto de trabajo, veía situaciones en stop montion o en forwing, y a veces de manera fugaz pensaba a dónde se me estaban escapando los mejores momentos productivos de mi vida; dónde todas las cualidades físicas e intelectuales están en estado óptimo para asumir riegos y nuevos retos.
Muchas veces al salir de casa, contemplaba el color obscuro del cielo porque aún no salía el sol. En el piso en el que trabajé los 3 últimos años de mi vida profesional en la administración pública no había ventanas, por lo que los únicos rayos que me alimentaban la piel eran los emanados de la luz de neón y la pantalla del pc.
Las colas interminables al comienzo y al final de cada jornada (en promedio, 4 horas al día, viviendo en Caracas); las mismas rutinas pesadas, reuniones interminables que no dicen nada y resumen la anterior; se mitigaban al llegar la mejor parte del día laboral en la hora del almuerzo, dónde reunirme con los amigos de trabajo y la caminata fija para tomar café con leche; me daban un respiro antes de entrar de nuevo, a la asfixiante rutina…
En el tiempo sostenido del cansancio, el pensamiento seguía fiel, -tic, tac, tic, tac-; con la precisión de un reloj suizo: Definitivamente, ese no era un techo para mi.
Nuevas autoridades, individualidades de egos profesionales inmensos, en su mayoría personas que trabajaron en un extinto organismo revolucionario dedicado a las cooperativas, sin ningún tipo de experiencia y conocimiento en materia de derechos humanos; asumieron cargos y se apoderaron de espacios de dónde los “veteranos” fuimos desplazados de hecho, subestimados e infravalorados.
La promesa de cambios radicales que empezarían por una nueva misión y visión del ente defensorial, pese a tener una ley orgánica vigente que establece muy bien tales situaciones, fue apenas el inicio de muchos desmanes en contra de una institución nóbel que venia bien encaminada.
Y yo ahí, testigo silente en medio de ese caos institucional, con experiencia en el área y estudios de Especialización en Derechos Humanos; soportando arbitrariedades caprichosas y colocando de lado mi orgullo personal y profesional, todo por un bozal de arepa, compuesto por el quince y el último más cesta tickets.
Es triste, pero ciertamente es una realidad de muchos venezolanos. Algo tenía que hacer para cambiar pero cómo, cuando, dónde????
Mi única opción era esperar en mi fuerte y tener paciencia, no perder la calma y seguir adelante.
Inadvertidamente, aunque llegué a pensar lo contrario en muchos momentos, los cambios estaban llegando.

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